martes, 26 de septiembre de 2017

Se te olvidó enseñarme a olvidar

Se te olvidó enseñarme a olvidar.

No sabía si amar de verdad o solo jugar con aquella mujer, pero elegí la primera opción, "Amarla de verdad", porque noté lo mucho que significaba para ella, lo mejor que me trataba cuando estaba a su lado, cuando aceptaba sus errores sin que yo se los diga, entonces díganme, ¿Por qué debería jugar?, si para mí es perfecta en todo, sé que aún existen las mujeres que valen la pena. Y aunque hoy en día no este ya a su lado se que esa chava es lo mejor que existe.

Por que ella me enseñó que no es bueno el que te ayuda sino el que no te molesta
Me enseño que abrazado a su cintura todo parece una fiesta.
Me enseño muchas cosas de la cama,
Que es mejor cuando se ama y que es también para dormir.
Me enseño entre otras cosas a vivir
Me enseño que una duda puede más que una razón.

¡AUNQUE NO ME ENSEÑO A OLVIDAR!

He decidido.

HE DECIDIDO
He decidido estar solo por un tiempo. Y con solo, no me refiero a aislarme de las personas, sino a aislarme del amor de pareja y las mariposas en el estómago, para concentrarme en mí y crecer como persona. He decidido dedicar más tiempo a lo que me apasiona, a mis amigos y familia.
Leer más, escribir más, fotografiar mas, cantar más, sonreír más, ser feliz por mí mismo. Procurar verme guapo para mí, arreglarme para mí y enamorarme de mi mismo. He decidido depurarme de lo que, y quienes me hacen daño: malos hábitos, malas actitudes, malos pensamientos y personas nocivas.
He decidido dar en misma cantidad el cariño y atención que me dan. No por orgullo y mucho menos por vanidad, sino porque por amor propio, debo aprender a identificar cuando doy más de la cuenta y a cambio obtengo nada. He decidido estar solo porque no hay nadie en este mundo que pueda hacerme más feliz que yo mismo.
A ti te hablo aunque no entiendas lo que digo.

Porque el verdadero amor comienza cuando yo me amo, y sólo entonces puedo amar verdaderamente a alguien más. No he decidido estar solo por depresión, ni por amargado, ni porque rompieron cruelmente mi corazón, ni porque ‘’todas son iguales’’… y esto último recalcado puesto que no, no todas son iguales.. Hay chavas que son un amor de persona., es por eso he decidido estar solo.
El hecho de que decida estar solo, no significa que cerraré las puertas de mi corazón; significa que esperaré el tiempo necesario hasta que esté preparado para volver a amar. El hecho de que decida estar solo, no quiere decir que me la pasaré todo el tiempo llorando; significa que disfrutaré al máximo cada emoción mientras pueda, pues a fin de cuentas, como leí alguna vez: ¿Cómo conocerías la felicidad, si nunca experimentas la tristeza?’’
El hecho de que decida estar solo, no quiere decir que no tengo la madurez para tener una relación estable; significa que tengo madurez de sobra para saber que un amor sincero no se busca como un loco, sino que ambas personas se encuentran en el momento indicado y entonces todo surge.
He decidido estar solo, porque no hay peor cosa que una persona que le teme a la soledad. Porque estar sola no es ser una persona apática, sino una persona que aprende a conocerse a sí mismo y de este modo se relaciona con personas que valen la pena. Buscar a alguien para llenar tu soledad, es de las peores cosas que puedes hacer. Temer a la soledad, es la muestra más clara de miedo y disgusto hacia ti mismo, a quien eres. Es no saber que la felicidad se encuentra en ti, y no en otras personas u objetos.
No todo lo que se haga saldrá bien, pero hay que seguir intentando.

Cuando estas con alguien sólo para no sentirte solo, terminas lastimando a esa persona y engañándote a ti mismo; porque no te unió a ella una atracción sincera y mucho menos el verdadero deseo de compartirle tu felicidad.
  • He decidido estar solo porque deseo sanar mis heridas, deseo rescatar mi esencia y construir mi propia felicidad para después compartirla con alguien más, que también se ame a sí misma cuando está sola. Quiero estar solo por decisión propia… porque pretender olvidar a una persona con otra, o pretender buscar consuelo al vacío que a veces se suele sentir, es el camino adecuado para terminar estando verdaderamente sólo, sin siquiera tenerte a ti mismo en el proceso. Estoy solo porque sé que cuando vuelva a enamorarme, será de la manera más sincera… y no sólo por despecho o por miedo a mí sin ti.

De los mejores momentos en los mejores lugares.

sábado, 2 de septiembre de 2017

Pensar en el futuro.

Sigo Pensando.

A veces me pregunto si ese es el futuro que nos espera. He tenido el mismo sueño tantas otras noches, y en todas las versiones de aquel suceso que sólo ocurre mientras duermo, tú brillas. Brillas y pareciera que la poesía hubiese encontrado el cuerpo perfecto en el que personificarse. Me pregunto también si estarías dispuesta a vivir aquel sueño conmigo, o cuanto mejor realizarlo.
 La verdad es que pensar en cómo sería todo hace que viaje tan lejos en tan poco tiempo. Tanto al futuro como al pasado. Al futuro porque planeo y organizo desde ya lo que me gustaría que sucediera, y al pasado porque puedo ver todo por lo que pasé para llegar hasta ese punto, hasta donde tú dices que sí y el resto aplaude. ¿Me explico? Que puedo tener el pasado o el futuro que se me ocurra, pero el presente sólo lo quiero contigo. Y hacer de mi presente un pasado y un futuro que exista mientras lo vivamos, mientras seamos capaces de sostenerlo con unas miradas y sonrisas cómplices, de esas que se dan dos que saben lo que tienen y deciden cuidarlo, como diciéndose que están dispuestos a jugársela por el otro, y que hacen del riesgo un chiste para niños y del amor una cama de matrimonio.

Solo pensar en el amor.

Sólo Pensar en Amor.
La primera vez que oí la expresión «hacer el amor» era apenas un niño. Un niño con una capacidad de observación casi obsesiva. Recuerdo que era retraído ya por entonces, así que a falta de hablar con alguien lo que me quedaba era observarlos. Fue en una de esas incursiones a solas cuando oí, en la voz de una mujer que hablaba con otra, «hicimos el amor». Me pregunté qué era el amor y cómo se hacía. Pero me pregunté más por qué la gente, al oírlo, ponía una cara rara, como si aquello fuese un insulto, lo cual me desconcertaba, porque sabía que el amor era algo bueno. Siempre supe que hacer algo no era necesariamente el significado, que una cosa es la forma y otra el fondo. Tenía que haber algo más en esa expresión. Era como cuando en clase la profesora preguntaba qué era ser valiente, y cada niño respondía diciendo el típico «valiente es cuando eres valiente...», y la profesora aceptaba esa respuesta como válida aunque yo sabía muy bien que no era la correcta. Pues con el amor era lo mismo.

Cada vez que veía a una pareja de enamorados me quedaba a observarlos. Los veía besarse, abrazarse, acariciarse. ¿Tendría el amor algo que ver con eso? Era probable, aunque no necesariamente eso era amor. Sabía que el amor era aquello que los inspiraba a acercar sus labios, era eso que les nacía adentro y les dictaba rodearse con los brazos, tocar la piel del otro de una manera delicada. Era el fondo de la forma. Pero qué era el fondo. Luego también estaban mis padres. A veces mi papá ponía música romántica y la cantaba mirando a mi madre, y me preguntaba si el amor era eso, y si estaban haciendo el amor en aquel momento. Cuando veía a las madres abrazar a sus hijos sabía que ahí estaba el amor, pero eso era algo obvio, y lo mío apuntaba a las parejas. ¿Cómo hacían el amor? Y si lo hacían, ¿cómo sabían que era la manera correcta?
Luego pensaba que cuando me tocara crecer tendría que dar esos pasos, y me aterraba la idea de no saber cómo hacer el amor con una mujer y quedar mal con ella. Por eso observaba al resto. El amor de pareja, como muchas otras cosas, es algo que preferí aprender observando, por eso nunca se lo pregunté a nadie. Las parejas se besaban, y aquel acto era voluntario, como un acuerdo invisible que se firma por ambas partes. ¿Pero cómo se llegaba hasta ahí? ¿Acordaban en instantes previos cosas como «yo te cojo la mano primero», «te voy a besar, pero no te alejes ni te asustes»? La noción más básica que tenía respecto a cómo tratar a una niña era el ser caballeroso —lección impartida por mis hermanas mayores—, y aunque siempre tuve reparo en hacerlo debido a mi timidez, lo cierto era que mis dudas respecto a si la niña en cuestión aceptaría mis dotes y no me vería como un tonto eran enormes.
Más tarde sentí un hormigueo por una compañera de mi salón. No era la más guapa, pero me bastaba con que fuera ella. Sentí la necesidad de sentarme a su lado y oír juntos la clase. Quería hablarle a alguien de ella y de cómo sonreía cuando estaba con sus amigas. Quería coger su mano, contarnos los sueños. Que compartiéramos secretos y que el mundo nos encerrara. Sentía un algo a lo que le puse su nombre, y eso se convirtió en amor para mí. Era un sentimiento nuevo y al verla tenía la impresión de haber pasado toda mi vida en la oscuridad hasta conocerla. ¿Era amor eso que sentía? Me dije que sí, o que al menos era algo que estaba muy cerca de eso.
Cuando descubrí que el resto de personas relacionaba «hacer el amor» con tener sexo, decidí quedarme con el significado que yo había creado. Por entonces el sexo era para mí grotesco y yo ya había cumplido los ocho años. Mi padre me había dicho desde pequeño que el cuerpo de una mujer era tan sagrado como el mío, y por eso debía respetar ambos y no tocarla nunca indebidamente a ella. Quizá por eso la idea de quitarle la ropa a la chica que me gustaba con fines lujuriosos me resultaba inadmisible. ¿Cómo el amor podría significar algo tan bajo? ¿Cómo era posible que el amor que veía la gente estuviera basado en la desnudez del cuerpo y no del alma? La desnudez para mí era pura, hasta que supe que los mayores sólo veían sexo en los genitales. Aquello me puso triste al principio, porque sentía que era algo que no debía saber aún. Que una venda se me quitaba de los ojos, y que esa venda era la inocencia. Es el rencor que le guardo al mundo. Pero también sé que tarde o temprano iba a darse, así que decidí ir guardando mis lecciones en el cajón del silencio, ahí donde la moral y la timidez convergen juntas.
Desde entonces me propuse querer y amar a una chica, a una sola, para demostrarle que hacer el amor no necesariamente conlleva encerrarnos en una habitación. El amor me sigue pareciendo más un verbo y no un sustantivo. De hecho, creo que no es necesario decir que haces el amor con alguien para hacerlo. No es cuestión de unos minutos, o de unas horas, ni siquiera de unas noches, es cuestión permanente. Puedes hacer el amor con una chica sólo con escucharla, o con compartir cosas con ella. Puedes demostrar el amor mediante detalles, mediante la creación de planes a futuro a su lado, de trazarse metas a cumplir juntos, mediante el respeto, la aceptación, el romance, la complicidad, la amistad y luego aprender a enamorarla para seguir enamorándola cuando ya la tienes. El sexo —me di cuenta luego— es fácil de conseguir. Puedes tener sexo con una mujer en una noche pero hacer el amor con ella requiere toda una vida. Por eso para mí nunca fue tan simple y sé que cuando elija a una chica será porque quiero hacerla feliz y ser feliz con ella. Ser poeta a su lado. Creo que es la parte más bonita de hacer el amor con alguien. Yo todavía creo en eso.